MARIO MARÍN, CUANTA BAJEZA

Mucha polémica ha provocado el arresto de quien fuera en su oportunidad poderoso gobernador de Puebla, Mario Marín, el priista habría ordenado la persecución, arresto y tortura de la periodista y escritora Lydia Cacho; por investigaciones desarrolladas respecto a una red de prostitución, tráfico de blancas, abuso sexual de menores, secuestro y lo que usted guste agregarle.

El personaje en cuestión había escapado a la justicia no obstante pruebas y señalamientos contundentes de parte de la agraviada; pues no había interés en aplicarle la ley porque la investigación revelaba que los cabecillas de esas inmundas acciones eran personajes de la alta política en el país y empresarios “maleantes de demasiado peso”, así que era asunto de complicidades.

Lydia Cacho debió irse del país porque el propósito era acabar con ella, tuvo que escapar a Canadá para mantenerse a salvo. Hablamos de senadores, gobernadores, secretarios de despacho del gobierno federal, líderes de partidos políticos y ligas desde la misma presidencia de la República; todos inmersos en un mundo de perversión, maldad y podredumbre.

Igualmente hay que agregar que la periodista pudo contar con elementos para mostrar que sujetos del primer círculo de la política nacional forman parte de un amplio grupo de hombres con preferencias sexuales gays, y si se dieran los nombres usted se iría de espaldas, porque mucho se habló de Enrique Peña Nieto como parte de ese grupo, y no es que nos espantemos, simplemente que se muestren tal como son.

Y regresando al asunto de Mario Marín, los expedientes y dicha investigación ahí están; más aún ella misma sostiene que el tráfico de niñas, adolescentes y jovencitas sigue operando no sólo en México sino a nivel mundial porque es un negocio internacional, y la venta de una de tales víctimas puede alcanzar los cuatro o cinco mil dólares de primera mano.

¿Cómo llegamos en México a tales niveles de monstruosidad de políticos que además eran quienes en el reciente pasado nos gobernaba?; esos energúmenos no merecerían menos que la guillotina o la silla eléctrica; aunque estaríamos de acuerdo en que una muerte tan rápida no permitiría que sufrieran un poco del dolor que han causado, y entonces lo más justo sería llevarlos al calabozo con trabajos forzados como esclavos; quizás sólo así sentiríamos que hay algo de justicia.

Los documentales de Cacho muestran que en ese terrible negocio no había colores de partidos, ni religiones; lo mismo eran panistas, priistas o perredistas, magnates del sector empresarial y desde luego rufianes del bajo mundo; todos metidos en una actividad que no tiene nombre la más ruin que se pueda mencionar.

Marín es sólo el hilo y ojalá se pueda jalar la madeja, porque deberíamos conocer con nombre y apellido a toda esa escoria de humana que circula entre nosotros ¿No le parece?